A medias
Vivimos a medias. Leemos un párrafo y miramos el móvil. Contestamos un mensaje mientras escuchamos a alguien. Empezamos una serie y, a los diez minutos, estamos mirando otra cosa. Abrimos conversaciones que dejamos a medias. Ideas a medias. Libros a medias. Relaciones a medias. Pensamientos a medias. Estamos en mil cosas. Y, muchas veces, no terminamos de estar en ninguna.
Nos hemos acostumbrado tanto a la interrupción que la continuidad casi incomoda. Sostener la atención cuesta. Permanecer cuesta. Profundizar cuesta. Todo nos empuja a lo contrario: a saltar, a cambiar, a distraernos, a pasar rápido a lo siguiente. Como si vivir fuera acumular estímulos, en lugar de habitar realmente algo. Y eso tiene consecuencias emocionales.
Porque hay algo agotador en vivir permanentemente fragmentados. En no terminar de llegar nunca del todo a los sitios, a las conversaciones, a los vínculos, incluso a una misma. La dispersión constante genera una sensación extraña de superficialidad. De estar siempre ocupados pero pocas veces presentes. Mucho movimiento. Poca experiencia real de profundidad.
Y no, quizá eso no significa automáticamente que tengamos un problema de salud mental. No todo cansancio es un trastorno. No toda dispersión es un diagnóstico.
No toda sensación de vacío necesita terapia. No todo necesita una etiqueta.
A veces lo que ocurre es algo mucho más simple y mucho más profundo. Hemos perdido formas básicas de vivir: la capacidad de sostener la atención, de hacer una sola cosa, de escuchar sin interrumpirnos mentalmente, de aburrirnos, de terminar algo. De permanecer. Nos está costando permanecer. ¿Cómo vamos a estar bien? Pero que no estés bien no significa que necesites terapia. No me cansaré de repetirlo.
Porque muchas de las cosas importantes de la vida solo aparecen en el tiempo sostenido, en la atención larga, en el silencio, en la repetición, en el aburrimiento. Porque hay ideas que tardan en aparecer. Vínculos que tardan en construirse. Pensamientos que necesitan reposo. Personas que necesitan tiempo para abrirse.
Una buena parte del malestar contemporáneo también tiene que ver con esta forma de vida dispersa, interrumpida, permanentemente dividida entre múltiples estímulos, que impide estar del todo en nada. Ni en una conversación. Ni en lo que hacemos. Ni siquiera en nosotros mismos. Cuando todo se fragmenta, también se debilita la sensación de conexión real con los otros, con nuestras actividades. Con una misma.


Todo esto ya pasaba antes.
Como no era no era un teléfono móvil pensamos que era mucho mejor, pero era lo mismo. Muchas cosas a la vez, de una a otra y de otra a una.
Mi madre, mientras veía la tele, se hacía las uñas o bordaba toallas, yo recortaba fotos de la Superpop o me quitaba pelos de las piernas. Mi abuela se hacía los pies mientras esperaba que le subieran el butano. Mi hermana le rompía el abanico a mi tía mientras esperaban que les tocara el turno en el médico y ella se limpiaba las gafas, pero solo un cristal porque pasaba a hacer un abanico con una hojita de propaganda y volvía a limpiarse las gafas, salvo si acordaba que tenía un boli en el bolso que empezaba alguna lista.
En verano, cuando jugábamos a las cartas y había que barajar mi otra tía se quitaba una tanda de la fregada.
Mi padre hacía autodefinidos, solo eso. Siempre he pensado que no estaba dentro de las cosas que se hacían en casa, pero igual las que estábamos fuera éramos las mujeres de la casa.